jueves, 24 de septiembre de 2009
ADVERTIMENT
Gafas Wapas cree pertinente realizar una adaptación del relato literario "Juguetes" a formato fílmico, logrando un producto final de 90 minutos, aproximadamente. Con las actuaciones de Juan Gil Navarro, Nancy Dupláa, Arturo Puig, Zelva Alemán, y las presentaciones de Benjamín Cordera y Francisco Biarritz.
Las salas en las cuales será proyectado el film son, Hoyts Abasto de Buenos Aires, Village Recoleta, Belgrano Multiplex, Showcase Cinemas Belgrano, Cinemark 10 Palermo, Showcase Cinemas Rosario, Village Rosario, Hoyts Unicenter Shopping, Village Pilar. El estreno será el día 12 de Julio de 2010.
El objetivo es ponerla en cartelera junto con las películas de más audiencia durante las vacaciones de invierno. Se trata de films para toda la familia, con el fin de llegar tanto al consumidor primario (niños) y al consumidor secundario (padres) de los juguetes.
Ahora bien, a continuación presentamos el cuento Juguetes:
No fue tanto el golpe lo que lo aturdió, sino el hecho de olvidarse todo repentinamente. Toda una vida borrada de un cimbronaso contra el volante del auto. Todo por una discusión por teléfono. Triste destino de una memoria amnésica, que por ser amnésica deja de ser memoria. El asfalto apenas resbaloso tuvo su parte de culpa, aunque la mayor responsabilidad la tiene el volantazo inducido por lo nervios. Y es que a nadie le gusta que le tiren los recuerdos de su infancia “para instalar un playroom”.
Bajó del auto absolutamente perdido. Como una gaviota sin mar, deambuló unos pasos. Atrás quedaron el coche, el teléfono, los documentos, la billetera. Un par de billetes en el bolsillo y unas pastillas adentro del saco. El humo del radiador se hacía cada vez más chico, mientras Fabián bajaba por la avenida tambaleando. Un impulso, como una locomotora a vapor que arranca, lo alejó de la escena: con el humo del auto moviendo la máquina de la conmoción, fue hacia algún parque donde se pueda sentar.
Estuvo en una plaza unas tres horas, encallado en un banco, confundido. Tenía la sensación de querer volver, pero el golpe le borró cualquier dirección y recuerdo. Sólo quedaba un lejano sentimiento de retorno a casa, pero no supo darse cuenta. “No recuerdo nada -concluyó- sin embargo puedo pensar”. El lenguaje es caprichoso, olvidamos nombres y lugares, pero las palabras se quedan, para hacernos acordar que olvidamos el resto.
Caminó avenida abajo durante un rato. Todas las personas le parecían familiares. Todas tenían “un aire a...”, pero no había nadie a quien se pudiesen parecer. Y, para complicar más las cosas aún, también los negocios parecían vaciados de contenidos. A lo largo de toda la avenida, todos los locales carecían de un sentido explícito y eran más bien invenciones humanas ajenas, de antaño. Frente a cada vidriera, a Fabián le era inevitable preguntarse “¿esto qué es?”. Pero había un negocio que escapaba a esta regla: estaba en una esquina, adornado por dos bastones de colores a los costados.
Entro a la juguetería. Un aire familiar, como un depósito. Sintió el aire vibrar de la misma manera que vibran los imanes con el metal. Agarró un auto de juguete, era rojo. Lo sostuvo en la mano un instante. Un sonido a frenada se instaló en su cabeza. ¿Qué era eso? Un nene de unos 8 años lo miraba de reojo. Se le acercó cauteloso (porque no hay que hablar con extraños). Pero un extraño en una juguetería es raro, y un extraño raro es algo inusual. Y el nene era curioso.
- ¿Tenés auto? - preguntó el niño.
- No sé - respondió perdido Fabián, si es que todavía ese era su nombre.
- ¿Cómo que no sabés?
- Si, no me acuerdo nada.
- ¿Querés que te ayude?
- ¿Cómo?
- No sé. ¿Querés ver la pista que quiero que me regalen para mi cumple?
- Emmm...
-Vení - dijo el niño, y agarrandole la mano lo llevó hasta donde están las armas de juguete.
El niño le señaló una caja grande, roja y con autos de Fórmula 1 dibujados a los costados. Tenía una bandera cuadriculada en la esquina superior derecha, la misma que había visto durante años junto a su papá todos los domingos, pero eso el apenas lo sabía.
- Uy, mi mamá me llama. Chau.
- Chau.
- ¿Cómo te llamas?
- No sé.
El nene rió. Le parecía cómico que un adulto de traje no supiese su nombre.
- Yo me llamo Ramiro. ¿Querés que le diga a mi mama que me traiga mañana?
- Dale.
Al otro día Fabián esperó a Ramiro en la puerta de la juguetería. Apenas entró con su mamá, el adulto de traje se metió tras ellos. Luego de pasar una hora con Ramiro, decidió llevarse el autito de juguete que ya había visto el dia anterior. Lo dejó en su bolsillo. Recordar esa frenada le hacía sentir que no estaba todo perdido. Ramiro ese día le contó acerca de todos sus juguetes, sobre todo de su gran colección de ladrillos. La palabra ladrillos sonó subrayada, como una puntada.
La gente en la plaza lo miraba al hombre de traje jugando con un autito. Nadie sabía que, como una danza precisa, trataba de llamar a sus recuerdos. De a poco sus manos se llenaron de volante, de velocidad y de olor a nuevo. Al otro día Fabián fue a la juguetería de nuevo. Esta vez recorrió el sector de ladrillos, aquellos de los que Ramiro tanto habló. De todos los tamañanos, observó las posibilidades. Desde robots automáticos hasta casas familiares. “Claro, una familia... familia” pensó. Por el momento no quiso tomar partido y se llevó un balde de ladrillos multicolores. Nuevamente comenzó a jugar a la intemperie de la plaza. Pieza a pieza iba armando formas. Amarillo sobre azul sobre rojo. Verde sobre azul sobre amarillo. De a poco armó animales, casas, nombres, figuras. Con el cálculo en el ojo, iba armando cosas cada vez más precisas, y como un manto urgente recordó cosas de su profesión: arquitecto. Andando el camino inverso del tiempo, desandando sus pasos pudo entender la lógica del juego. Recordó cómo jugaba con sus ladrillos y pudo verse ahora en la misma posición, y recién jugando a ser niño recordó cómo era ser grande.
Al otro día volvió con urgencia a la juguetería. Esta vez compró una muñeca, un arco y flecha y una pistola de agua. En la plaza llevó la última y comenzó a disparar. Primero a los pájaros, luego a las estatuas y despues a las plantas. A las plantas, como los rociadores del parque, (los rociadores que siempre le manchan el zapato de camino a su trabajo, el estudio de arquitectura). Dejó la pistola y tomó el arco y flecha. Jugó un rato, pero ningún recuerdo le subió a la cabeza. Dejó enojado el arco y flecha y agarró la muñeca.
Al primer contacto con la muñeca un disparo atravesó su amnesia y dejó que bajen los recuerdos. “Muñeca” le decía. Recordó la textura de la piel de la cintura. El sol contra su pelo a la mañana. Recordó sus poses al dormir. Un perfume inundó su nariz. Entrecerró los ojos y recordó su nombre: Florencia. Y por metonimia recordó el suyo: Fabián. Y recordó el choque y la discusión, y el miedo que tuvo de perder sus recuerdos de la infancia. Recordó el camino a su casa. Agarró los juguetes que fueron su muleta y fue hacia su casa. Florencia lo recibió con un abrazo. Su hijo le abrazo la pierna. Fabián bajó todos los juguetes y se los dejó a su hijo. Y se acordó también que para ser el hombre que era, primero había tenido que aprender a jugar como un niño. Entendió que jugando recordamos para adelante. Y que para ser grande primero hay que ser niño.
Estos son los avances de la película Jugarle al tiempo:
Las salas en las cuales será proyectado el film son, Hoyts Abasto de Buenos Aires, Village Recoleta, Belgrano Multiplex, Showcase Cinemas Belgrano, Cinemark 10 Palermo, Showcase Cinemas Rosario, Village Rosario, Hoyts Unicenter Shopping, Village Pilar. El estreno será el día 12 de Julio de 2010.
El objetivo es ponerla en cartelera junto con las películas de más audiencia durante las vacaciones de invierno. Se trata de films para toda la familia, con el fin de llegar tanto al consumidor primario (niños) y al consumidor secundario (padres) de los juguetes.
Ahora bien, a continuación presentamos el cuento Juguetes:
No fue tanto el golpe lo que lo aturdió, sino el hecho de olvidarse todo repentinamente. Toda una vida borrada de un cimbronaso contra el volante del auto. Todo por una discusión por teléfono. Triste destino de una memoria amnésica, que por ser amnésica deja de ser memoria. El asfalto apenas resbaloso tuvo su parte de culpa, aunque la mayor responsabilidad la tiene el volantazo inducido por lo nervios. Y es que a nadie le gusta que le tiren los recuerdos de su infancia “para instalar un playroom”.
Bajó del auto absolutamente perdido. Como una gaviota sin mar, deambuló unos pasos. Atrás quedaron el coche, el teléfono, los documentos, la billetera. Un par de billetes en el bolsillo y unas pastillas adentro del saco. El humo del radiador se hacía cada vez más chico, mientras Fabián bajaba por la avenida tambaleando. Un impulso, como una locomotora a vapor que arranca, lo alejó de la escena: con el humo del auto moviendo la máquina de la conmoción, fue hacia algún parque donde se pueda sentar.
Estuvo en una plaza unas tres horas, encallado en un banco, confundido. Tenía la sensación de querer volver, pero el golpe le borró cualquier dirección y recuerdo. Sólo quedaba un lejano sentimiento de retorno a casa, pero no supo darse cuenta. “No recuerdo nada -concluyó- sin embargo puedo pensar”. El lenguaje es caprichoso, olvidamos nombres y lugares, pero las palabras se quedan, para hacernos acordar que olvidamos el resto.
Caminó avenida abajo durante un rato. Todas las personas le parecían familiares. Todas tenían “un aire a...”, pero no había nadie a quien se pudiesen parecer. Y, para complicar más las cosas aún, también los negocios parecían vaciados de contenidos. A lo largo de toda la avenida, todos los locales carecían de un sentido explícito y eran más bien invenciones humanas ajenas, de antaño. Frente a cada vidriera, a Fabián le era inevitable preguntarse “¿esto qué es?”. Pero había un negocio que escapaba a esta regla: estaba en una esquina, adornado por dos bastones de colores a los costados.
Entro a la juguetería. Un aire familiar, como un depósito. Sintió el aire vibrar de la misma manera que vibran los imanes con el metal. Agarró un auto de juguete, era rojo. Lo sostuvo en la mano un instante. Un sonido a frenada se instaló en su cabeza. ¿Qué era eso? Un nene de unos 8 años lo miraba de reojo. Se le acercó cauteloso (porque no hay que hablar con extraños). Pero un extraño en una juguetería es raro, y un extraño raro es algo inusual. Y el nene era curioso.
- ¿Tenés auto? - preguntó el niño.
- No sé - respondió perdido Fabián, si es que todavía ese era su nombre.
- ¿Cómo que no sabés?
- Si, no me acuerdo nada.
- ¿Querés que te ayude?
- ¿Cómo?
- No sé. ¿Querés ver la pista que quiero que me regalen para mi cumple?
- Emmm...
-Vení - dijo el niño, y agarrandole la mano lo llevó hasta donde están las armas de juguete.
El niño le señaló una caja grande, roja y con autos de Fórmula 1 dibujados a los costados. Tenía una bandera cuadriculada en la esquina superior derecha, la misma que había visto durante años junto a su papá todos los domingos, pero eso el apenas lo sabía.
- Uy, mi mamá me llama. Chau.
- Chau.
- ¿Cómo te llamas?
- No sé.
El nene rió. Le parecía cómico que un adulto de traje no supiese su nombre.
- Yo me llamo Ramiro. ¿Querés que le diga a mi mama que me traiga mañana?
- Dale.
Al otro día Fabián esperó a Ramiro en la puerta de la juguetería. Apenas entró con su mamá, el adulto de traje se metió tras ellos. Luego de pasar una hora con Ramiro, decidió llevarse el autito de juguete que ya había visto el dia anterior. Lo dejó en su bolsillo. Recordar esa frenada le hacía sentir que no estaba todo perdido. Ramiro ese día le contó acerca de todos sus juguetes, sobre todo de su gran colección de ladrillos. La palabra ladrillos sonó subrayada, como una puntada.
La gente en la plaza lo miraba al hombre de traje jugando con un autito. Nadie sabía que, como una danza precisa, trataba de llamar a sus recuerdos. De a poco sus manos se llenaron de volante, de velocidad y de olor a nuevo. Al otro día Fabián fue a la juguetería de nuevo. Esta vez recorrió el sector de ladrillos, aquellos de los que Ramiro tanto habló. De todos los tamañanos, observó las posibilidades. Desde robots automáticos hasta casas familiares. “Claro, una familia... familia” pensó. Por el momento no quiso tomar partido y se llevó un balde de ladrillos multicolores. Nuevamente comenzó a jugar a la intemperie de la plaza. Pieza a pieza iba armando formas. Amarillo sobre azul sobre rojo. Verde sobre azul sobre amarillo. De a poco armó animales, casas, nombres, figuras. Con el cálculo en el ojo, iba armando cosas cada vez más precisas, y como un manto urgente recordó cosas de su profesión: arquitecto. Andando el camino inverso del tiempo, desandando sus pasos pudo entender la lógica del juego. Recordó cómo jugaba con sus ladrillos y pudo verse ahora en la misma posición, y recién jugando a ser niño recordó cómo era ser grande.
Al otro día volvió con urgencia a la juguetería. Esta vez compró una muñeca, un arco y flecha y una pistola de agua. En la plaza llevó la última y comenzó a disparar. Primero a los pájaros, luego a las estatuas y despues a las plantas. A las plantas, como los rociadores del parque, (los rociadores que siempre le manchan el zapato de camino a su trabajo, el estudio de arquitectura). Dejó la pistola y tomó el arco y flecha. Jugó un rato, pero ningún recuerdo le subió a la cabeza. Dejó enojado el arco y flecha y agarró la muñeca.
Al primer contacto con la muñeca un disparo atravesó su amnesia y dejó que bajen los recuerdos. “Muñeca” le decía. Recordó la textura de la piel de la cintura. El sol contra su pelo a la mañana. Recordó sus poses al dormir. Un perfume inundó su nariz. Entrecerró los ojos y recordó su nombre: Florencia. Y por metonimia recordó el suyo: Fabián. Y recordó el choque y la discusión, y el miedo que tuvo de perder sus recuerdos de la infancia. Recordó el camino a su casa. Agarró los juguetes que fueron su muleta y fue hacia su casa. Florencia lo recibió con un abrazo. Su hijo le abrazo la pierna. Fabián bajó todos los juguetes y se los dejó a su hijo. Y se acordó también que para ser el hombre que era, primero había tenido que aprender a jugar como un niño. Entendió que jugando recordamos para adelante. Y que para ser grande primero hay que ser niño.
Estos son los avances de la película Jugarle al tiempo:
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